Por qué

A lo largo de mi vida todos mis esfuerzos y todo mi ser han ido focalizados en una única dirección, la del ser amado. Y día tras día, y más con los años, se acentúa en mí una pregunta de la que cada día siento más respeto: ¿Por qué no me amas?

No ha habido nada en la vida que me haya atemorizado y a la vez intrigado tanto que el saber que alguien no sólo no me ama, sino que además me odia. ¿Por qué? No lo sé. Pero en mí aún habita el niño que con ojos tristes y empapados lloraba delante del sofá de su madre pidiendo un beso.

La vida no es justa. Es más, yo diría que es miserable. Y en esa miseria creo que todos somos merecedores de, al menos, alguien quien nos quiera. Cuando miro a mis hijas, tan sólo tengo una cosa clara: yo seré alguien que les quiera. No importa allá donde vayan, en su padre siempre encontrarán un amor incondicional. No porque sean mis hijas, sino porque realmente pienso que por el hecho de haber nacido y haber quedado desamparadas en este mundo hostil, lo único que al menos se merecen, es un verdadero amor.

Así llevo años caminando por esta vida. Todo en ella gira alrededor de ese único y horrible pensamiento, esa horrible y sofocada búsqueda de un abrazo. Y da igual si en mi camino encuentre uno o dos de ellos, lo que más pesará siempre es aquel que me es negado. El odio gratuito, el daño sin piedad, el abandono colectivo sin un por qué.

Recuerdo con especial dolor aquellas niñas de las cuales un yo jovencísimo se enamoraba y me decían: no me gustas, no te quiero. Y mi alma se retorcía sin que ellas supieran o acaso les importara mi más dolorosa pregunta: ¿Por qué?

Por qué si yo veía tan trivial el que me quisieran, si yo me sentía tan merecedor de ese calor, de ese abrazo, de ese beso, o tan sólo de algún gesto gratuito. La respuesta era no. Era directa, era trivial, era demoledora. No te quiero. No te amo. No me gustas.

Y con el paso del tiempo esas niñas que me rechazaban pronto se transformaron en personas que me rodeaban por todas partes. Gestos y gestos no de desprecio o con un odio intencional, sino gratuitamente cargados de un vacío, una miseria emocional, una falta de aprecio enorme.

Hoy, a mi edad, mi gran miedo es que mi inocente y tierna persona (ese inocente y tierno niño) degenere en un ser al que la vida no le importa, un ser cuyo mayor placer es devolver al mundo ese daño. Mi miedo es generar como siento a veces ese resentimiento que encuentra en el castigo ajeno un placer que bien merezco en contraprestación al dolor causado. Es paliar el dolor del haber vivido con una espera a la muerte cubierta de amargura y llanto.

Que todo te de igual, pasar por la vida sin ningún asombro, no distinguir entre feliz y amargo, entre amor y odio, entre un beso y una herida. Llegar a mayor cansado, hastiado, dolido y sin el sabor en la boca de aquello que, pese a haberlo tenido en la intimidad, no resulta suficiente para una persona con una gran herida.

Por ello, hoy más que nunca esa pregunta cobra en mí una importancia capital. Hoy, a esta edad en la que siento que me hallo ante un enorme precipicio, ante un enorme reto que es cruzarlo. Y lo más doloroso, yo solo. Sin otros que, pese a estar, no se acercan. Sin otros que, pese a haber estado, no vuelven. Yo solo, encontrando en esa palabra, en esa soledad, la más dura de las pesadillas, la de sobrevivir a uno mismo y a una madurez que no es como la imaginaba. Una madurez como un desafío, la de seguir viviendo pero no de cualquier manera, sino feliz. Seguir viviendo, ¿y a qué precio?

Cuando más que nunca he necesitado de otros, más solo me siento y menos extraño parezco. Mas cómo llegar a otros, cómo acercarse, cómo comenzar. “Verás, deja que te cuente cómo pienso…”

Cuánta razón tenía Cioran. La vida puso en mí un cuaderno como autoterapia.

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La superación personal

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Hoy no vengo a escribir sobre temas románticos ni a embarcarme en literatura. Quiero escribiros sobre algo que estoy aprendiendo a lo largo de este año de manera especial, aunque bien es cierto que en otras etapas de mi vida también aprendí algo de ello. A principio de este año, concretamente después del día de reyes, me propuse ponerme en buena forma física. Puede parecer a priori un objetivo bastante asequible, pero no lo es. Venía de una etapa en la que el sedentarismo se había instaurado en mi rutina unido a una malísima alimentación durante largo tiempo. Rozando los 100 kilos para mi 1’70 cm de altura el tema rondaba lo preocupante. Así, decidí ponerme manos a la obra y dedicarme durante este año a perder peso hasta llegar a mi peso ideal, momento en el cual partiría hacia un nuevo objetivo que sería el de construir mi cuerpo ideal. No quiero que esto se enfoque únicamente desde un punto de vista estético, sino puramente personal. Yo, en esta etapa de mi vida, quería conseguir tener el cuerpo que más tarde no podré tener, quería demostrarme a mí mismo que podía llegar a una meta personal, que podía superarme y que podía llegarme a sentir físicamente de una forma bien distinta a cómo me había sentido ya no entonces, sino a lo largo de toda mi vida. A día de hoy, mes de julio, ando en 70 kilos. Y esto, está requiriendo de mucho esfuerzo, constancia y actitud mental. Lo que quiero haceros llegar es la forma en la que este proceso de cambio está teniendo lugar a nivel personal y psicológico pues es extrapolable a cualquier proyecto que realicemos en la vida. Este cambio me está enseñando mucho sobre cómo encarar las distintas fases de cualquier proyecto y sobre cómo dominarme mentalmente a la hora de mantener cierta actitud de forma sostenida en el tiempo.

Desde mi experiencia personal, cualquier proyecto parte de un proceso (me gusta la palabra porque es más transitiva) en el cual decidimos cambiar nuestra vida. Y es que cualquier proyecto, de ser realmente serio, debería afrontarse como un verdadero cambio personal en nuestra vida, debería formar parte de nuestro crecimiento personal. Por ello, desde mi punto de vista, este cambio surge como necesidad de acabar con una situación actual para llegar a una nueva y mejor situación futura. Si bien el punto de arranque es explosivo, existe un periodo de maduración de la idea anterior a él que es gradual.

Dividiría todo proyecto en las siguientes etapas:

1) Periodo de incubación
2) Arranque explosivo
3) Primera mitad del proyecto
4) Ecuador
5) Tercera cuarta parte del proyecto
6) Última cuarta parte del proyecto

1) Periodo de incubación

Este es un momento de acumulación, de motivación. Debemos no sólo querer realizar nuestro proyecto, creer en él y desearlo, sino pensar en él como algo a exigirse hoy y no mañana, pues mañana probablemente sea muy tarde para realizarlo. Así, es necesario realizarlo ahora a nivel personal pues dejar pasar el tiempo supondrá muy probablemente no conseguirlo jamás. Es importantísimo pensar en él como un MUST en el momento actual de nuestra vida, algo que es absolutamente necesario de hacer y conseguir para en un futuro mirar atrás con satisfacción por haberlo conseguido. No se tratar de haberlo intentado, se trata de haberlo conseguido. Y es una exigencia absoluta el hacerlo.

2) Arranque explosivo

Sí, explosivo, porque es inmediato. Es tal la energía e ilusión acumulada, es tal la necesidad por emprender el proyecto que surge imperiosamente como una necesidad, como algo que debería de haberse empezado ayer. Ocurre de un momento para otro, y debe de hacerse sin pensar. Bien vale pensar en cómo uno se tira a la piscina. Puede quedarse en el borde pensando que el agua está muy fría o puede lanzarse al agua sin pensar. La mayoría de los proyectos importantes en nuestra vida los realizamos porque empezamos sin apenas pensar, tapándonos los ojos y sin pensar en las repercusiones que tendrían a corto, medio o largo plazo. Simplemente, arrancamos y eso nos llevó hasta donde estamos hoy.

3) Primera mitad del proyecto

Es la más romántica y efervescente. Todo va extraordinariamente rápido. Estamos motivados y apasionados por lo que estamos haciendo. Los progresos son tremendos y dedicamos toda nuestra vida a ello. Entablamos relaciones con otras personas, nos dejamos ayudar, recopilamos mucha información, desarrollamos muchas ideas, no nos percatamos del gran precio que estamos pagando para conseguir lo que estamos haciendo! Sencillamente, vivimos para nuestro proyecto e ignoramos lo que pasa a nuestro alrededor. Muy probablemente, de pensar en todo lo que estamos dejando a un lado, desde un punto de vista racional, pararíamos. Pero es tal el amor por el proyecto que continuamos como una tormenta, sin pausa y con fuerza por pura necesidad.

4) Ecuador

Extenuados y como si fuera la meta, hacemos un alto en el camino y nos damos cuenta que, pese a todo el inmenso esfuerzo que llevamos realizado y pese a parecer que llevamos una vida en nuestro proyecto, tan sólo nos encontramos, si acaso, a la mitad de la meta… Comienzan los planteamientos, las dudas, las concesiones, el pensar, la relajación… La marcha se ralentiza, sencillamente frenamos un poco y miramos a nuestro alrededor. Comenzamos a ver todo lo que nos queda para llegar donde queríamos y todo lo que estamos dejando a un lado para conseguirlo. Comienza a pesar la carga pero sabemos que no podemos abandonar. Comienza un periodo de recopilación de más fuerzas, de más ilusión, pero bien distinto a la fase de incubación inicial.

5) Tercera cuarta parte del proyecto

Es nuestro segundo arranque, pero bien distinto al primero. Sencillamente, estamos acostumbrados a nuestro proyecto y comenzamos de nuevo nuestro camino disfrutando con cada cosa que hacemos de una forma más pausada, más meditada. Es una nueva etapa más madura y sólida, donde podemos dar lo mejor de nosotros para superarnos y alcanzar nuevas metas para nuestro proyecto. Lo que no consigamos aquí probablemente ya no lo consigamos jamás. Supondrá el éxito o el fracaso a futuro.

6) Cuarta parte del proyecto

Es el empujón final, y entre la tercera cuarta parte y la última existe un punto de fascinación al ver que tras todo lo que llevamos, aún no hemos alcanzado lo que queríamos! Nos damos cuenta del largo camino en el que nos aventuramos, nos fascina todo lo que hemos aprendido y existe un riesgo de alargar demasiado el final al relajarnos y verlo cada vez más cerca. Probablemente donde nos encontremos sea un lugar bien distinto al que pensábamos inicialmente que llegaríamos. Es un momento donde el relajarse puede alargar en demasía nuestro proyecto.

Es importante saber y tener claro que las últimas partes han de acabarse con categoría, sacando la energía que parece aún no queda en nuestro cuerpo, sorprendiéndonos a nosotros mismos y llegando alzando los brazos para darse cuenta que el final de nuestra carrera no es más que el principio de la siguiente. Y por supuesto, no hay que olvidarse de levantar los brazos.

 

Después de la lectura de estas fases uno puede darse cuenta de qué es lo más importante a lo largo de todo el proceso: no parar. Para ésto, es necesario estar focalizado en la meta y desearla como una necesidad personal. Es necesario pensar en su obtención como un éxito personal en nuestra vida y no como algo que nos reportará cualquier tipo de beneficio. Ésto es lo que nos hará continuar tras hacer una pausa. Controlar el pensamiento negativo hará que en la carrera por conseguir lo que queremos no paremos y que, a medida que avanzamos, nos vayamos sintiendo con más fuerzas. La primera mitad siempre es agotadora, exige muchísimo, y es normal llegar al ecuador extenuado. Recuperar fuerzas entonces es vital, al igual que en cada pausa, pero ha de plantearse el camino como un no-retorno, un camino sin vuelta, porque ya nunca podremos volver a allá donde veníamos pues el propio camino nos ha ido transformando sin darnos cuenta. Por ello, la idea de parar acontecerá como algo horrible, una gran tragedia, pues hará que nuestro esfuerzo haya caído en saco roto, frustrándonos y abocándonos al pensamiento negativo para el siguiente proyecto.

Espero que extraigáis de este post muchas cosas importantes. Es mi experiencia personal y me voy viendo a medida que pasa el tiempo con la autoridad suficiente como para hablar y ser merecedor de al menos un rato de escucha por parte de la gente.

No he venido a contar nada nuevo. Todo lo nuevo para nosotros lleva haciéndose a lo largo de toda la humanidad. Nosotros tan sólo volvemos a descubrirlo.

Un fuerte abrazo.

 

 

 

Después de tí

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Llegué a tí como quien es arrastrado por las olas. Acabé en tí, mas bien sabes que podría haber sido en cualquier parte. Y cuántos años empleé en darme a conocer, sin que pudiera importar apenas cualquier vestigio de mi vida pasada.

En tí, encontré el amor, y la paz.

Eras tú, y fuiste durante mucho tiempo, pasado presente y futuro, un eterno conjugar que en cada beso, en cada mirada, se alarga, se prolonga, se estira hasta el infinito. Fuiste para mí mis noches y mi concepción del tiempo. Unos segundos que no existían, un compás entre lo que existe y lo que parecía no haber existido. Eras la magia, la armonía, para mí un misterio que me enamoraba desde mis entrañas.

Me arrancaste la vida sin tomarla prestada… Contigo descubrí lo que era llenarse de alguien, partir hacia ninguna parte, caminar solo, vivir. En tí navegué por océanos de un yo inexplorado, romántico, extraordinario.

¿Quién era yo antes de tí? Y quién soy ahora.

En tí, cada tarde, bajo esas flores nuevas y frescas, creo recordar tu rostro, tu mirada y tus manos.

He aquí quién una vez se enamoró de tí.

He aquí quien, después de tí, aún te sigue amando.

Los cubos de estrellas

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Era tarde cuando la joven Carla llegó a la cima. En su mano, un cubo de agua reflejaba cada una de las estrellas que en el cielo trasnochaban.

‘Rápido Carla! No llegaremos a tiempo!’, dijo su hermano.

Agitada, gritó: ‘Corre sin mí! diles que no tardaré mucho!’

Ella sabía por qué aquella colina era especial, fueron muchos los años durante los cuales pasó noches enteras escuchando historias. Con él, en aquellos prados, sobre aquella hierba, exclamando: ‘Mira papá! una estrella fugaz!’. Y eran esos minutos de paz a oscuras los que ahora, de nuevo, le hacían recordar cuánto quiere una niña a su padre.

Se sentó y miró al cielo.

‘Por qué papá? Por qué no te despediste?’

Las mayores preguntas de la vida a menudo vienen sin respuesta. Sin embargo, en aquel silencio, la joven Carla pudo ver que el oscuro azul del cielo, la suave brisa fresca y el sonido de aquellos grillos no habían cambiado. Asintió.

Triste, mojó sus manos en el cubo de agua y las miró. Sus ojos vidriosos lloraban mientras ella, cada vez más mayor, parecía sentirse en aquel lugar como en casa. Allí era feliz, sin nadie, pese a sus mejillas mojadas.

El corazón de Carla mezclaba la noche con el día. Si algo aprendió de él, fue a guardar silencio. Y así lo hizo. Por unos minutos, en aquel pequeño corazón, la niña de nuevo vio a su padre consigo. Estaba ahí, con ella, a su lado.

‘Sabes hija? Tus lágrimas son un billete para mí. Te diría que no llorases, que sonrieses. Pero sé que no lloras de pena. A veces llorar es bueno. A veces nos dice lo felices que somos. Y yo sé que tú lo sigues siendo. Yo aquí estaré siempre contigo.’

Carla miró al cielo y sus labios comenzaron a cantar entre susurros:

‘Una estrella allá,
brilla tanto como yo.
Será esta a lo mejor?
Oh, estrella, estrella,
llena de brillo el corazón.’

Y con su última palabra, mirando a tal profundidad, la joven Carla sonrió.

 

 

Una hija, un padre (I)

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No es que este blog sea muy famoso y mucho menos leído, aunque ello no implica que no requiera de mimos y cuidados como cualquier otro. No obstante, las contadas personas que por él se pasan supongo, espero, entren buscando si no un momento de distracción sí un sentimiento de conexión o desconexión.

Este post viene a raíz de haber leído otro que me ha traído a la cabeza un sentimiento muy presente en mí desde hace dos años. El camino como padre es algo de lo que poco se habla hoy en día. Internet, nos sumerge en el mundo de la maternidad, pero bien poco se sabe acerca de la paternidad. Parece que tal tema no es algo que interese a casi nadie, que eso no está de moda, o que es una profesión que bien merecería ser llamada procesión por ser llevada a cabo en el silencio mediático.

En los últimos dos años he pasado de no tener experiencia alguna en esto del regazo a ver cómo las visitas a la consulta ginecológica no paraban de cesar. Biberón tras biberón, dos años han resultado ser dos hermosas niñas. Y yo, como bien puede imaginarse, en ese periodo de tiempo bien poco he podido cambiar. Sigo siendo el mismo en definitiva, aunque un poco más curtido. Realmente no me ha dado tiempo a aprender a ser padre. Me sigo sintiendo el mismo que antes de tener a estas enanas por casa. El vendaval ha sido de tal intensidad que no he tenido tiempo casi de adaptación, ni de preparación. Soy nobel, con dos hijas y novato. Como bien digo a menudo, sigo sintiéndome primerizo con mi segunda hija.

A la paternidad acudimos motivados por el romanticismo de un impulso. Es una apetencia, una intriga, un despertar. Llegamos, en una palabra. Parecen todos los caminos hasta entonces encontrar el cauce que les lleva a un mar que a partir de entonces se convertirá en nuestra nueva vida, que no es demasiado distinta en esencia a la anterior, pero sí matizada con el caos y tormento de quienes no entienden de reglas, normas y tempo como nosotros.

Mis primeros instantes de paternidad los viví con un asombroso y espantoso aspecto imperturbable. Bien propio de mí, pude decir que esta sociedad me defraudó en lo que durante nueve meses me vendieron. La salida por el canal de parto no fue más que eso, y mucho menos que todo cuanto escuché. Los instantes posteriores a su llegada los viví con extraordinaria diligencia y normalidad. No había nada nuevo. Al fin y al cabo, llevaba conviviendo con aquellos bebés nueve largos meses. Para mí no habían nacido. El verdadero nacimiento vino con aquel primer e implacable positivo.

Los primeros meses trajeron más incomodidades que bienestar en términos generales, aunque si bien es cierto con la segunda más que con la primera. El romanticismo enfermizo del primerizo roza a veces lo absurdo llegando a camuflar paradigmáticamente la incomodidad con el placer, el insomnio con el amor, la tortura con la dedicación. Es así más bien un sadomasoquismo paternal que pronto pasa mas siempre perdura de algún modo con la primera. Ella lo fue todo y, pese a que otros lleguen, seguirá aún siendo todo. La primera y la segunda, esas dos maravillosas anfitrionas de nuestras expectativas…

A medida que pasa el tiempo y voy despertando de todo este tinglado, de este barullo de llantos, pañales, eructos, sesiones de baño y gritos, voy centrándome un poco más en mi verdadero cometido. ¿Qué me importa como padre? Me pregunto ahora después de dos años… Bien, difícil contestación. Debería quizás cambiar la pregunta por otra más sensata: ¿Qué espero pragmáticamente de mí como padre, qué quiero dejarles?

El padre estoy convencido que se hace por el camino y es una sombra que un ciprés deja alargada sobre el suelo a nuestra ida, la cual será mayor conforme nosotros hayamos sido persistentes en nuestros propósitos y firmes en nuestras decisiones. Uno no es padre por el hecho de tener dos hijas, al igual que no es pianista por el hecho de comprarse un piano. Así pues, digamos que de momento, puedo decir que soy el responsable legal de mis hijas, y tan sólo un proyecto de lo que me gustaría ser. Resulta incómoda la idea de tener que educar siendo consciente de mi propio y continuo aún estado de desarrollo.

Hace un año, mi mayor inquietud era cómo tener o poder ejemplificar un camino a mis pequeñas sintiéndome como aún estaba perdido en el bosque del vivir. Qué hacer llegar, qué dejarles, por dónde empezar. Todos mis razonamientos parecían deambular por los mismos territorios. Mi sentimiento de culpa por dejar hoy algo de lo cual mañana me arrepintiese iba en aumento. Mis ideas cambiaban, soy algo orgánico, voy reinventándome, descubriéndome con el tiempo. No sé si lo que hoy quiero transmitir es lo que querría transmitir dentro de unos cuantos años…

Hoy, mi pensamiento transmite una mayor tranquilidad, al menos aparentemente. No es tal el sentido de urgencia. No es tal el valor de lo inmediato, de lo que hoy se da. Comienza a cobrar mayor importancia el valor de un hábito, de un modo de descubrir la vida, de una forma de mirar, de una forma visible de operar.

A medida que los años avanzan y los llantos cesan, uno va teniendo algo más de tiempo para ejercer la profesión de padre. El entrenamiento, como no puede ser distinto a cualquier deporte, ha de realizarse a diario. ¿El método? Sencillo. No habrá una línea ascendente sin un progreso individual. Los hijos no necesitan más padre que aquel que se concentra en ser mejor cada día, en crecer, en dar, en llegar a tejados que antes no soñó con alcanzar. El ejemplo, la sombra, el rastro que en el caminar dejamos no puede ser mejor alimento y sustrato para el florecer de nuestras pequeñas florecillas. Y no nos olvidemos del tiempo, con ellas por dejarlo más claro. El tiempo con ellas para que se empapen de nosotros es necesario, es vital, es su sustento. Divertirse se convierte en uno de los pilares de cualquier aprendizaje y cualquier oficio.

El oficio de vivir podría perfectamente ser el oficio de la paternidad, porque si bien no es padre quien tiene un hijo, no hace falta tener un hijo para ser padre.

 

Las flores que un día fueron hermosas

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Florista. Eso era. Hasta hoy, día en el cual cerré mi negocio. Aún no recuerdo con exactitud ese día en el que mi vida comenzó a caer estrepitosamente hasta llegar a este momento. Solos yo y la cafetera, ni Kandinsky lo hubiera imaginado… Pero ya qué más da. Seguí todos los pasos que cualquier buen coach promueve para tener una vida más feliz, me concentré en lo que me gustaba -las flores-, emprendí y busqué desesperadamente aquello que me llenaba de entusiasmo -la gente, el amor, el romanticismo-, y me torturé a mí misma viviendo la vida que otros sugerían debía ser vivida por mí. Qué mundo más cruel. ¡Cuánta desgracia! Soy una cincuentona hundida, arruinada. ¿Quién quiere verme? Ni tú, gato inmundo. Nadie. ¡Sí, dame la espalda, ayer te dí la cena pero hoy te quedarás sin ella!

En fin señores, Rocío Villaseca, madre de tres hijos. Uno de ellos de vez en cuando viene, los otros quién sabe dónde andarán, quizás con aquellas a las que un día les encasqueté el muerto. Vinieron presentándome a sus novias y yo, más lista que ellas, les facilité el irse. Marido no tengo, de eso ya no queda. Hundo mis días en este antiguo orejero mirando por el balcón a la espera que algún pájaro se coma las migas del alféizar, aunque por desgracia ya ni ellos vienen a mí. El cierre del negocio es un punto final. Lo sé, lo sé. Un punto y aparte debiese ser. Pero verán, ya a mi edad, con toda esta vida ya recorrida, y perdonen si suena un tanto altivo, tengo ya demasiado visto. No creo en la vida ordinaria, en la que todos creen conocer, en la que todos ustedes creen vivir. Yo creo en la vida que yo he vivido y que difiere bastante de la suya, seguro. Y esa vida sólo ha traído a mi sofá los remordimientos de quien lo ha intentado todo y no ha conseguido nada. Qué queda, ni apenas un triste poema. Mis libros hace tiempo quedaron olvidados en las estanterías por falta de tiempo. Ni apenas un amigo, o una amiga. Me río yo de la amistad. No sé si aún yo incluso quedo para mí misma.

No obstante, para que me entiendan mejor, les pondré un poco al tanto de mi vida. Todos los días, religiosamente, dejaba la tienda de dos a cinco por comer en mi piso y descansar un poco. Horario comercial lo llaman algunos. Yo simplemente lo entendía como supervivencia. Necesitaba aparcar en ese maldito local al mundo entero, cerrar la puerta, echar el pestillo, aislarme de todo ese olor pestilento llamado humanidad. Y no me malinterpreten, no es que yo fuese una amargada, es que simplemente había evolucionado a una visión peculiar de mí misma. Las flores eran mi reducto de paz, la forma de contribuir positivamente a un planeta que me daba la espalda. Nací siendo un angelito, todos me querían. Y poco a poco fui descubriendo que no era así. Mis cabellos rubios y ojos claros supongo eran más atractivos que un corazón que apenas se transparentaba. Rocío me pusieron, un nombre que ni pintado para una futura florista. Pronto me deshice de toda esa dichosa gente diciéndome ajo como si fuera tonta, tardaron en entender que lo que yo siempre había querido era llorar. Mi primer marido no tardó en percatarse de ello, por eso supongo me dejó. A los siguientes fui despachándoles diligentemente antes de que ellos lo hicieran conmigo. Y fueron quedando mis hijos, esos bichos que poco a poco me dieron la espalda. Demasiada testosterona, no supe gestionarla.

Nunca he sido yo. Siempre fueron ellos. No tuve la culpa. Tengo un gran corazón, tan sólo necesito que alguien lo vea. Pero quién va a pararse allá abajo en la calle para mirar a esta hoy cincuentona y mañana anciana, quién. Nadie, esa es la verdad. Estoy sola, abandonada por todos. Abandonada por mí incluso.

Les diré una cosa. Si ustedes de juventud aún presumen, no echen las campanas al vuelo, no tan pronto, puede ocurrirles lo que a mí. Y si eso ocurre, de poco servirán todas sus buenas y antiguas intenciones, porque será irreversible. Es un dejar de vivir. Cuando una cabeza como la mía comienza a fallar, pese a tener pequeños momentos de lucidez, estará predestinada al fracaso. Quédense con esto, se lo dice una ex-florista: toda flor un día se marchita.

Lo que le queda al día

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Llegué a casa de un portazo, con la frenética intensidad del que no aguanta más y necesita, le urge más bien, dejar el bolso tirado de cualquier manera en mitad del pasillo. Eran las siete de la tarde de un día lluvioso, uno de aquellos tantos martes en los que el trayecto desde la boca del metro hasta la puerta de casa se convertía en todo un reto por llegar lo más seca posible a mi maravilloso felpudo. No obstante, tras la tormenta es bien sabido por cualquiera que pronto llega la calma, y con la pulsación del botón en el baño una daba por cerrada una agitada jornada laboral merecedora del más grandioso de los finales. Uno bien dulce, de sabor a chocolate.

En mi pasear por el parqué cuchara en mano descubrí cientos de sensaciones placenteras dignas de la mayor de las odas, todas muy caseras, la mayoría íntimas y personales. Esos primeros minutos en casa siempre han sido para mí de una riqueza sensorial tal que bien podría dedicarles libros enteros de poesía o narrativa. Aquella tarde la mayor parte de mis sentidos oscilaban entre el deslizar de aquel vil e insano metal sobre mis labios y la colosal sensación de plenitud y bienestar que me transmitía la aterciopelada tela del sofá bajo mis piernas.

Finalmente, sentada en mi rincón, acepté como única compañía la tenue luz de la lámpara. Adoraba ese dorado intenso de mi bombilla mezclado con el tenue crepúsculo que anticipaba la noche. Tan sólo faltaba el toque maestro a mi obra y bien merecía unos segundos de pie para lograrlo. La terraza entornada, para oír el repiquetear de la lluvia sobre el terrazo. Una manta en las piernas y quedaría inaugurado mi pequeño homenaje.

Lista pues eché mano del libro que quedaba a mi alcance. ‘Howards End’, de E.M. Forster, un clásico, muy british. Directa y decidida a empezar por la primera página tomé un tiempo para deslizar la tapa por mis dedos y sentir esa tela antigua que recubre a los libros bajo su cubierta. Para mí, era un acto profundamente erótico, como aquel que decide acariciar a una mujer directamente en su desnudez y no enfundada en el mejor de los encajes. Aquella tela, con aquellos grabados, producían una sensación muy particular que sólo los verdaderos lectores pueden entender. Abrir las tapas, mover ligeramente las hojas, manipular aquella obra, descubrir el acabado de su tipografía, la suavidad de aquel papel, para mí era un ritual tan sólo comparable a los preámbulos sexuales que muchos hombres olvidaron concederme tan a menudo. Pero mejor no debíamos entrar en detalles, no vaya a ser que mi mente comenzara a divagar entre una cosa y otra para finalmente no quedarse con ninguna.

Abrí finalmente el libro, tomé una deliciosa muestra de aquel excitante analgésico – lo siento, para mí el dulce siempre ha sido un pecado capital – y comencé a leer. Ese fue el comienzo del fin, la pasarela a tres interminables horas que me llevarían a lo más sagrado de la naturaleza humana, la prosa y las calorías. Y como no podía ser de otra manera, tanto azúcar y tanto placer me llevaron irremediablemente a quedarme dormida, con mi manta y mi lluvia, hasta que el frío me despertó ya de noche indicándome que la fiesta había acabado y que no quedaba más remedio que puentear un día con el otro a través de la almohada. Como siempre, acabé arrastrándome con los ojos semiabiertos por el salón hasta llegar a la cocina donde miré con inocente cara los fogones pensando que no había cenado, o mejor dicho, no como debería. Esos días siempre acababan mal, el placer no es compatible con una dieta equilibrada. A nadie le apetece un plato de brócoli después de haber tenido relaciones. Una vez más, tenía que asumir que mi trasero tomaría represalias.

Ya en la cama, miré al techo y me dediqué unos instantes más. Pensé en mí, en mi vida. Soltera aún, bien remunerada, mujer inteligente y guapa – arreglada – precisaba urgentemente de hombre atractivo y bien remunerado con dotes amatorias que tirase la basura por mí. Mañana, no quedaba otra. No pensaba levantarme de nuevo. Me preguntaba cómo harían esas mujeres con hijos, o mejor dicho, con bebés, cómo se las arreglarían. Mi vida casera no daba para más y era yo sola. Había algo que no cuadraba. ¿Realmente serían felices? ¿Tendrían sexo? Esto era algo que nunca entendí, ¿cómo se tienen relaciones con tres críos en casa? Qué horror, sólo me cabía pensar que a escondidas. Ilusa yo, sería de lo mucho que yo las tenía. De nuevo, volví a noquearme a mí misma, no sabía bien si mi vida se debatía entre el paraíso o la miseria más absoluta. El caso es que comenzaba a verme mayor y no me gustaba. Volvía a pensar como cada día en lo mismo, pero ya era tarde, de nuevo tocaba dormir, hasta mañana.